El caso real de Fernanda

El “caso” de Fernanda que voy a relatar a continuación servirá para esclarecer más lo que acabo de exponer. Cuando Fernanda vino a mi consulta estaba completamente desesperada. Desde hacía diecisiete años padecía una fuerte depresión que al principio había intentado vencer con su voluntad y con la ayuda de antidepresivos y tranquilizantes. Luego, a lo largo de los últimos nueve años, tuvo que recurrir a la narcoterapia: cada semana iba a una clínica donde le suministraban una inyección endovenosa con un sedante que le hacía dormir poco más de media hora.

- “Doctora, al despertarme me siento tan inútil y tan infeliz que me pregunto si merece la pena seguir así. Sin embargo, a la semana siguiente vuelvo a inyectarme; estoy como en un laberinto sin salida. El médico que me trata me dice que tengo que mentalizarme; lo mío es un estado crónico que me va a durar toda la vida y que debo comprenderlo y aceptarlo”.

Mientras hablaba sollozaba desesperadamente. Yo la escuchaba en silencio y pensaba que si los demás se dieran cuenta de cuánto daño pueden hacer los mensajes negativos, incluso si se “lanzan” de manera sobreentendida y no era éste el caso, hablarían de otra manera. La esfera del pensamiento expresado verbalmente actúa poderosamente sobre la parte emocional de quien está escuchando. Jesús de Nazaret dijo a tal propósito: “No es lo que entra lo que hace daño, sino lo que sale”.

Para el caso que acababa de escuchar no era necesario volver a citar el ejemplo de las partículas “subatómicas” que intercambian informaciones entre sí y con el exterior modificando, según los casos, su spin y/o su velocidad, puesto que se trataba de una información que había llegado directa y claramente a Fernanda. Tales partículas estaban en juego, por supuesto, pero no se trataba de aquel juego “sutil” que plantean cuando se trata de una información que nos llega de manera “inconsciente” o subliminal y que se manifiesta, por ejemplo, como una simpatía y/o una antipatía súbita hacia alguien que acabamos de conocer.

Fernanda prosiguió su relato.

- “Duermo muy poco y cuando logro dormir unas horas me despierto cansada. Estoy todo el día echada sobre la cama e incluso preparar la comida para mi marido me supone un esfuerzo tremendo. A menudo el corazón se me dispara con sus latidos; lloro continuamente, no lo puedo remediar”Se calló un momento para secarse las lágrimas y continuó.

-“Por si no tuviera suficiente con los dolores en la columna vertebral, desde hace dos años voy de vientre seis o siete veces al día. No llego ni al baño. A menudo me hago “caca” encima, el apremio es tan fuerte que no llego a controlarme. He ido a varios médicos, he recorrido hospitales y ahora estoy aquí. La escuché en la radio por casualidad. ¿Me podrá ayudar?” Las emociones estaban actuando sobre su físico de forma destructiva, si bien no había llegado a enfermar “de verdad”.

Aunque su “mente biológica” estuviese tambaleando, los exámenes clínicos no habían detectado ninguna alteración a escala orgánica. También la esfera del pensamiento estaba afectada porque la voluntad de aquella mujer, que a lo largo del tratamiento resultó ser muy fuerte, parecía anulada.

-“¿Las heces son muy líquidas?”, le pregunté.

-“En absoluto, son bastante compactas. No quiero seguir viviendo de esta manera. ¿Me comprende?”

Claro que la comprendía y se lo dije. Ella se percató en aquel instante hasta qué punto me tenía como aliada suya.

Si nos remitimos al esquema de las esferas concéntricas nos encontramos ante lo siguiente: la parte física de la mujer estaba afectada pero no hasta el punto que los exámenes clínicos pudiesen detectar alguna enfermedad, es decir, aunque sus órganos estuviesen sanos funcionaban mal; sin embargo, era como si ellos y sus tejidos (sus moléculas y sus átomos) opusieran una gran resistencia a enfermarse de forma declarada.

La esfera del pensamiento también estaba perturbada. Además de la casi total ausencia de fuerza de voluntad debida a su depresión, Fernanda no pensaba (conscientemente) poderse curar e in cluso cuando vino a verme me comunicó su escepticismo hacia mi terapia, aunque de forma sobreentendida. Ella había asumido, a través de las informaciones verbales que le habían llegado, que nunca se curaría porque esas sentencias habían sido pronunciadas por especialistas de fama reconocida en el campo de la psiquiatría. Desde luego aquellos profesionales no estaban equivocados porque de hecho las investigaciones científicas en ese campo aún están basadas en esquemas de concepción materialista y cartesiana y, puesto que a los médicos no se les proponen modelos nuevos, no tienen más remedio que ceñirse al protocolo en boga.

En la esfera del pensamiento de Fernanda, o sea, en las partículas subatómicas que la constituyen, se había grabado una información “negativa” que actuaba con fuerza sobre su físico y sobre su sistema emocional. Las partículas subatómicas de la esfera de lo emotivo llevan grabadas las memorias de las “reacciones” ante los hechos aprendidos inconscientemente y que parecen haberse olvidado. Sin embargo, actúan como caja de resonancia cuando algún acontecimiento “nuevo” despierta la memoria de otro similar mucho más antiguo, provocando una especie de reacción en cadena sobre las partículas más “gordas” (incluyendo las moléculas y las células que componen los tejidos de un organismo).

Es justamente en esta esfera donde se estaba desarrollando una lucha tremenda entre dos clases de informaciones, porque si Fernanda hubiese tenido la más absoluta seguridad de que lo que le había sido comunicado era cierto no hubiese acudido a mi consulta. Acudió a mí guiada por unas reacciones emocionales de carácter “positivo” y no por un hecho racional, dado que la terapia que yo aplico es totalmente nueva, desconocida y/o no reconocida por los terapeutas ortodoxos.

Cuando se estiró sobre el sofá se relajó rápidamente. Le sugerí entonces que “imaginase” una playa bajo un sol brillante.

Es el primer mensaje verbal que le doy y que ella recibe mientras se encuentra en un estado de conciencia más amplia, o sea, de frecuencia de ondas cerebrales bastante más baja de aquel correspondiente a el estado de “vigilia” y cercana al nivel theta. Hay unos instantes de silencio, luego Fernanda dice:

-“Estoy en una playa pero, doctora, ¿cómo puede ser si sé que estoy aquí con usted en la consulta?”

-“No piense en eso ahora, luego lo comentaremos” Le contesto.

Es importante que el pensamiento racional no moleste en este preciso momento, puesto que en estado de relajación uno sa¬ le de un “sistema ordenado” y pasa a otro cuyo “orden” nuestra racionalidad corriente no puede comprender ya que hemos abandonado el espacio/tiempo “normal”. Tras haberse reincorporado se puede intentar crear un puente entre los dos “sistemas” porque uno se acuerda perfectamente de sus vivencias “extrañas” y, aunque a veces no se llegue a conseguir una tal conexión, lo que importa es el resultado: las personas se sienten cada vez mejor hasta curarse por completo.

Fernanda sigue:

-“Es una playa bonita, la arena es fina”.

Vuelvo a repetir una vez más, que la conciencia consiste en “darse cuenta de las cosas” a través de los órganos de los sentidos que captan informaciones.

-“¿La arena está fría o caliente?” Esta pregunta me ayuda a descubrir si también el sentido del tacto “funciona” en el “otro nivel” de la realidad. Además, es importante hacer preguntas “abiertas” que admitan una respuesta libre sin ninguna clase de sugerencia por parte del operador.

Conformarse sólo con “visualizar” las cosas no es de gran utilidad, aunque sea un buen inicio, puesto que desempeñaríamos un papel de observadores y no de actores. En occidente, desde hace unos cuantos años, se ha puesto de moda la “meditación” de los yoguis que sin duda resulta ser muy útil para los orientales que tienen una “cultura” distinta a la nuestra que es mucho más pragmática.

Es decir, nosotros vivimos de otra manera: desde hace siglos tenemos otras costumbres; la individualidad nos interesa más que el “nirvana” (lugar donde uno se abstrae y se anula alcanzando un estado de felicidad absoluta); nos importa más ir a lo concreto, incluso en lo que atañe a nuestra dicha individual. En este sentido somos más pragmáticos.

El dialogo entre Fernanda e yo sigue:

-“Hay mucha luz en este sitio”, dice.

-“¿Puede ver el sol?”

-“Sí, está justamente encima mío, es como si fuera mediodía”.

-“¿Qué más hay en la playa? Mire bien, ¿hay rocas o palmeras?”

Mi intervención a través de estas sugerencias sirve para introducir en el escenario unos “elementos importantes” que utilizaremos más adelante para las regresiones a vidas anteriores. Se trata de “arquetipos” de carácter “colectivo” como: el sol, el puente, las cuevas, etc., que actúan despertando la “memoria inconsciente”.

-“Hay rocas, no veo palmeras. Desde las rocas sale una cascada de agua y detrás de la cascada hay una cueva”, me dice. Admitiendo que mis sugerencias sean sugestiones (y si alguien me explicara lo que son “en concreto” las sugestiones se lo agradecería), suelo invitar al paciente a instalarse en una playa o en un jardín o en cualquier otro lugar que le guste. De todos modos, mi presencia y mis intervenciones le sirven de brújula en el “otro” nivel de la realidad en el cual, aunque libre, se encontraría desorientado.

-“Llame al sol mentalmente y dígale que baje, que la envuelva con su luz”. Parece una idiotez pero, dado que funciona, no lo es.

Fernanda se vio a sí misma envuelta por la luz radiante.

Con otros pacientes el sol no baja, entonces hay que recurrira otros medios. A menudo intervienen los “Seres de Luz” (que muy bien pueden ser los conjuntos de fotones o los Angeles de la Guarda) que envían una escalera (me viene a la memoria la de la escalera de Jacob) que permite al paciente llegar hasta el sol y zambullirse en su luz.

-“¿Qué nota en su cuerpo ahora?”

-“Un calor suave que desde dentro parece subir a la superficie y un cosquilleo que desde los pies me llega a la cabeza”.

En la primera sesión Fernanda vio, tocó y abrazó a sus padres que estaban muertos desde hace años, dentro de aquella luz.

Lloró de alegría y al reincorporarse me dijo que nunca había sido tan feliz. Desde luego, yo no podía saber de antemano lo que le iba a pasar “dentro del sol”, aunque estaba segura que se trataría de algo agradable porque es allí donde se manifiesta la actuación de los “fotones” o de los Seres de Luz. He tenido pacientes que han visto a los “ángeles clásicos” con alas y túnicas blancas, otros que ven “esferas de luz radiantes” y otros que no ven nada (a excepción de la luz), pero todos se sienten tranquilos “allí”, como amparados. Todo el mundo nota algo en su cuerpo: un “calorcito agradable”, incluso en verano; un “cosquilleo” o una especie de “corriente suave” que recorre su cuerpo; “olas de placer” que se deslizan desde los pies a la cabeza “como si estuviesen envueltos en una funda”. Transcribo literalmente las descripciones de las sensaciones físicas tal y como mis pacientes me las cuentan a mí.

Fernanda ya ha llegado a su esfera emocional que se va apaciguando. El primer paso está dado.

La prueba fehaciente la obtengo cuando a la semana siguiente me dice que en los días que han sucedido a la primera sesión se ha sentido más animada para hacer cosas, hasta ha tenido momentos de alegría y de optimismo; luego me pregunta:

“¿Cree usted que pueda ser un milagro?”

No me interesa demasiado la etiqueta que Fernanda coloque a ese bienestar que no sentía desde hace años. Aunque esté convencida que los “milagros” existen no siempre se encarrilan en la dirección que deseamos y además nuestra “racionalidad” se resiste a creérselos.

No sabemos mucho acerca del Amor Incondicional, aquél que lo da todo sin pedir nada a cambio. Pero todos lo “conocemos” consciente o inconscientemente; si carecemos de él, lo añoramos y si lo tenemos nos sentimos tan felices y dichosos como bebés en los brazos de la madre.

Volvamos a Fernanda. La mujer seguía relajándose con facilidad, los dolores de espalda habían disminuido hasta casi desaparecer, su estado de ánimo había cambiado y nada hacía prever una recaída. Decidí que había llegado el momento de ir más allá de las emociones y empezar a trabajar la “esfera” mental, o sea, el depósito de las “memorias” grabadas con hechos “concretos” ocurridos a lo largo de su existencia que habían desatado unas emociones tan fuertes como las que aparentaba haber experimentado. Empezamos por la llamada “mente biológica”. Fernanda llegó a ver y tocar sus órganos internos y describir su forma, color y textura. Me habló así de sus ovarios:

-“En el vientre hay dos «avellanas alargadas», una a cada lado.”

Aunque no supiera nada en absoluto de anatomía humana podía haber leído o visto en algún lugar cuál es el aspecto que tienen los ovarios de una mujer. Pero cuando me dijo que sobre los ríñones había dos “montículos” como si fueran los “sombreros” de los ríñones, que la hipófisis era como un péndulo con un “guisante” en la punta que colgaba hacia abajo apoyado sobre una “repisa dura” y detalló las demás glándulas endocrinas, no tuve ninguna duda. Fernanda no podía tener conocimiento previo de la forma que tienen las glándulas suprarrenales, la hipófisis y, menos aún, la epífisis, que describió de la siguiente manera: “Es como un dedo cortito, una especie de cono dentro del cerebro, más bien hacía atrás.” Me daba informaciones no sólo del color y la forma de sus órganos, también llegaba a decirme cómo era su textura. Evidentemente, estoy exponiendo el caso de una paciente excepcional porque no hay muchos que lleguen a percibir sus órganos internos con tanta claridad, cosa que sí ocurre muy a menudo con los niños y con los jóvenes.

Fernanda estaba tan desesperada y tenía tantas ganas de abandonar sus sufrimientos que desde la primera sesión se entregó por completo a la relajación otorgándome toda su confianza, aunque inconscientemente, cosa que en otros casos, sucede, a menudo, a partir de la tercera o cuarta sesión. Si los pacientes que he curado supieran cuánto les agradecía su confianza no sabría quién tendría que dar las gracias a quién puesto que mi terapia puede parecer “rara”, primero porque no se sirve de la hipnosis y luego porque pretende tratar y curar enfermedades no solo de naturaleza emocional sino también físicas. Por lo que se refiere a estas últimas, en los casos en que no se haya podido llegar a una curación total, siempre se han obtenido mejorías clínicamente comprobadas.

No siempre es necesario ir a inspeccionar el estado de la “mente biológica”, o sea, el conjunto de las hormonas, del líquido cefaloraquídeo y del sistema inmunitario, aunque a menudo este “vistazo” resulte muy útil.

En el transcurso de las siguientes semanas, Fernanda se iba sintiendo cada vez mejor y más activa: los dolores en la columna vertebral habían desaparecido, su humor era otro, mucho más alegre y, además, paulatinamente, había dejado de tomar la medicación que le había sido prescrita por su depresión.

Sin embargo, aquella extraña diarrea que en un principio se había cortado, había vuelto a aparecer justamente después de la quinta sesión. Ya no iba de vientre siete o más veces al día pero sí tres o cuatro y siempre de manera descontrolada.

Me pregunté qué clase de “memoria” era la que tenía grabada en el “conjunto de los electrones” de su alma, el alma de una mujer tan sensible, que estaba “pataleando” y pidiendo ayuda sin cesar de repetir como un loro su esquema de sufrimiento. Su esfera emocional había reaccionado hasta aquel momento de manera muy positiva puesto que los síntomas de la depresión habían desaparecido, pero en la esfera mental quedaba algo grabado que le originaba una molestia tal que llegaba a trastornar el correcto funcionamiento de su “mente biológica” manifestándose tan declaradamente en el plano físico. Fue en la sexta sesión, antes de que se tumbara sobre el sofá, cuando le dije:

-“¿Qué le parece si vamos a ver a través de una regresión a un tiempo pasado cuál es la causa de su diarrea?”

-“¿A qué tiempo tengo que ir?”

-“No tengo la menor idea; tanto puede estar en el pasado de su vida actual como en el de una vida anterior. Yo no lo sé, pero su «Conciencia Superior» lo sabe. La dejaremos libre para que elija lo que mejor le vaya a usted”.

Me refería a su esfera mental, al conjunto de electrones que llevan grabadas no sólo las memorias de las reacciones ante los acontecimientos, sino también aquéllas de acontecimientos acaecidos en “concreto” en un pasado aparentemente olvidado y al conjunto de las partículas “virtuales” que les acompañan. Éstas actúan intercambiándose “informaciones” como los fotones (la luz) y también pueden modificar dichas informaciones porque se “mueven” empujados por una fuerza todopoderosa que el físico Charon ha llamado “Amor” y que también se puede llamar “Amor Incondicional”.

Siempre que lanzo un mensaje como éste obtengo automáticamente la respuesta adecuada por parte de los pacientes. Ya se transporten a su niñez, o a las experiencias de su vida fetal o a vidas anteriores a los tiempos de los antiguos griegos o al siglo pasado, la respuesta es coherente y válida para “borrar” el sufrimiento. Con ese acuerdo empezamos la sesión. Fernanda se vio a sí misma como una “cosita muy pequeña” “agarrada” a unas “paredes fuertes pero suaves”. No me describió qué forma tenía aquella “cosita”, sólo le parecía una especie de “puntito alargado”. Yo no estaba muy segura de haber comprendido lo que me estaba diciendo y, aunque tuviese una especie de intuición, le dije simplemente:

-“Muy bien, va pasando el tiempo. ¿Dígame ahora como ve su cuerpo?”

-“Estoy flotando en un líquido templado, me parece estar dentro de una burbuja. Soy más grande; veo mis pies. ¡Qué pequeños son!, los puedo coger con mis manitas.”

Mi intuición no estaba equivocada, Fernanda estaba “viviendo” su estado fetal. Se “sentía” envuelta por el líquido amniótico y notaba la temperatura templada, tocaba sus pies y veía sus manos; se sentía muy tranquila allí dentro. Otros pacientes habían “vivido” la experiencia prenatal pero nadie me la había contado desde el “principio”, desde que el huevo fecundado se “incrusta” en las paredes del útero.

-“¿Puede ver sus pies?”

-“Sí, son pequeños y mis manos también son muy pequeñas”

-“¿Qué hace allí?”

-“Doy volteretas, me muevo mucho y estoy a gusto. ¡Qué bien estoy aquí!, doctora.”

-“¿Puede oír algo?”

-“Oigo un ruido raro como de oleadas. También oigo un tumtumtum. Pero, ¿esto qué es? Parece que todo alrededor se mueva siguiendo el ritmo de este tumtum... tum. Parece un tambor.”

Entonces le dije:

-“Tranquila, es el corazón de mamá”. Y añadí, “¿Cuántos meses tiene usted?”

-“Tengo cuatro o cinco meses”.

-“Va pasando el tiempo. ¿Cómo se siente ahí dentro?”

“Muy bien, oigo voces pero no me entero de lo que están diciendo. Estoy a gusto, me siento bien, muy bien. Mi mamá está contenta y yo también lo estoy”.

En cambio, otra paciente que tenía en aquel entonces, una niña de once años, me contó: “Tengo seis meses y mamá está intranquila, está discutiendo con alguien. Estoy angustiada, mi mamá también lo está”. En efecto, la madre me confirmó que en el sexto mes de embarazo estuvo a punto de separarse de su marido. Las emociones y los acontecimientos en la vida fetal son tan dispares como lo son las causas que los desatan. Así de distintas son también las personas que vienen a mi consulta.

Sigamos con el relato de Fernanda.

-“Ha pasado el tiempo”, le digo. “¿Cómo se ve ahora?”

-“Soy más grande, el sitio es muy reducido, no tengo espacio para moverme. Tengo ganas de salir”.

-“Salga, pues”, le sugiero.

-“Tendré que darme la vuelta. ¡ Ah!, por fin. Aún no puedo salir. Ahora a lo mejor lo logro; empiezo a empujar con la cabeza y con los pies. No puedo respirar; doctora, me ahogo.”

Estaba bajando por el cuello del útero y se sentía muy incómoda, incluso había empezado a respirar con un poco de dificultad. Era el momento de acortar una vez más el tiempo de la angustia.

-“¡Salga de una vez!”

-“Alguien me coge por la cabeza y por los hombros, es una mujer. Tiene una bata blanca. ¡Qué asco! Estoy dentro de un mar de «mierda» y de sangre”

Fernanda se estremece sobre el sofá.

-“¡Qué asco!”, repite. “Estoy sucia, muy sucia y tengo frío. Alguien dice que estoy muy sucia y se ríe. ¿Es que no me quieren? Estoy sucia y tengo frío”.

Tengo otra vez que acortar el tiempo de su dolor e intervengo.

-“¿Ahora qué sucede?”

-“Me ponen en un líquido, no es el mismo de antes pero está templado; se está bien. Ya no tengo frío. Hay otra mujer en la habitación. Sí, la veo, es mi abuela. Me tapan con algo, parece una toalla. Por fin me ponen en los brazos de mamá; la veo, la veo, está sonriéndome. Oigo otra vez el tumtum... tum.”

-“¿Cómo se siente?”

-“Muy contenta. ¡Soy feliz!”

Ha llegado el momento de borrar la parte desagradable de aquella memoria y “cambiar el guión” grabado para que no siga repitiéndose más.

-“Ahora, Fernanda, vuelva atrás en el tiempo quedándose en la misma experiencia. Se encuentra usted en el vientre de su mamá y está a punto de salir. En seguida la cogen y la limpian, ¿puede verlo?”

-“Sí, he salido y me están limpiando. Es mi abuela la que se ríe, está muy contenta. Ahora me ponen en los brazos de mamá; tengo ganas de estar con ella.” Fernanda acaba de grabar en su mente el hecho de que la abuela se está riendo para expresar la alegría de conocer a su nieta. La convicción de que se burlaran de ella ha sido borrada.

-“¿Qué sucede ahora?”

-“Mamá sonríe, me mira, me besa la frente. Me veo rosa, quizás un poco colorada. Mi padre está cerca de la cama donde estamos mamá y yo, me ha cogido una mano. ¡Qué feliz estoy! Toco a mi mamá y huelo su olor”.

Aquella fue la sesión resolutiva para su diarrea que a partir de entonces le desapareció definitivamente. Con el sentido del humor que Fernanda había vuelto a recobrar tras las primeras sesiones, me contó que ya que se ponía tan alegre después de haber ido de vientre, su marido había llegado a proponerle en broma que “fotografiara sus heces” para luego contemplarlas con devoción.