LA MENTE ACTUANDO - El caso real de Jordi

Jordi es un chaval de veintidós años, alto, delgado, moreno, con unos ojos negros muy bellos y una mirada límpida.

Desde hacía cuatro años su piel se había cubierto paulatinamente de pústulas rojas y sangrientas, que se habían extendido invadiéndole la cara y las manos. Había consultado varios especialistas pero su afección mejoraba de manera efímera y luego reaparecía de forma más acusada.

Poco a poco Jordi se había retraído encerrándose en casa y alejándose de sus amistades. Llevaba casi tres años sin ir a la playa; la idea de ponerse en bañador era algo que rechazaba por completo.

Aunque fuera de carácter fuerte y decidido, se sentía abatido e impotente ante tal situación y, a menudo, lloraba a escondidas de su familia.

Al escuchar su relato, lo que más me llamó la atención desde el primer momento fue que sólo sufriera picores por las noches. Durante las horas del día el picor desaparecía como por arte de magia y al ponerse el sol reaparecía, convirtiéndose las noches en un verdadero tormento. Lograba dormir sólo unas pocas horas, su sueño era muy intranquilo e incluso durmiendo se rascaba de manera brutal. Cada día la madre tenía que cambiar las sábanas de su cama manchadas de sangre.

Otro síntoma curioso, que confieso que descuidé en un primer momento, era que nunca se sentía saciado tras haber comido. Puesto que se trataba de un chaval de veinte años, el hecho de que comiese como “un saco roto” no me pareció que tuviese mayor importancia, además Jordi era delgado y guapo.

Desde la primera sesión observé que no sólo se relajaba con facilidad, cosa bastante común en los jóvenes, sino que podía ver el “interior” de su cuerpo (la estructura de sus órganos) e incluso “tocarlos”; así que las indicaciones acerca del estado de su “mente biológica” eran muy precisas. Me describía la forma, el color y la textura de sus órganos internos como si estuviese dando una clase de anatomía humana y de histología a la vez, incluso si las analogías que establecía eran ingenuas. Me parece superfluo añadir que los conocimientos escolares de Jordi en esas materias se limitaban a saber que un ser humano posee unas cuantas entrañas que tienen unos cuantos nombres.

Supe así que su “mente biológica” (conjunto de hormonas, líquido cefaloraquídeo y sistema inmunitario) estaba afectada, y si bien los análisis clínicos no habían detectado nada por el estilo, su Yo Superior (lo que Roberto Assggioli llama “Conciencia Superior” o “Superconciente”) sí lo sabía. Aunque las analogías que hacía eran ingenuas, resultaban suficientemente acertadas, aun cuando comparaba los tejidos con las “telas” que se venden en las tiendas de ropa.

Jordi me dijo que su líquido cefaloraquídeo (“el agua que está «dentro» del cerebro y en la cual éste flota”) era azul y que su hipófisis (“una cosa alargada, suave al tacto y semejante a un guisante gordito”) tenía como una “corteza dura y amarillenta” alrededor; mientras que desde las suprarrenales (“unas cúpulas sobre los ríñones de distinto color y textura por fuera y por dentro”) salían “gotitas” de un líquido muy oscuro, casi negro.

Me dio muchos más detalles útiles para saber por dónde empezar la terapia. Me di cuenta que no era necesario llevarle en seguida de regresión a vidas pasadas, y creí más oportuno fortalecer “su esfera emocional”, sobre la cual trabajamos durante unas cuantas sesiones, ocupándonos más bien de su mente biológica.

A lo largo de mi experiencia he averiguado que muchos de los pacientes que sufrían depresión con síntomas de abatimiento “veían” el líquido cefaloraquídeo más o menos “azulado”, mientras que los que mostraban síntomas de agresividad lo “veían” “anaranjado” o “rojizo”. En los primeros era muy fluido, en los otros era “aceitoso” o consistente como una gelatina. También he podido constatar que la mayoría de los pacientes deprimidos con síntomas de abatimiento describían su sistema linfático con una linfa enturbiada de color grisáceo y los ganglios linfáticos de color “negro”; por el contrario, a aquéllos que presentaban síntomas de agresividad parecía estar en perfectas condiciones. En las dos categorías de pacientes, las glándulas endocrinas, por su aspecto y color, estaban afectadas y, en particular, las suprarrenales y la hipófisis. Me doy cuenta que todo esto suena a “ciencia ficción”; sin embargo, los resultados del tratamiento sobre esas bases han sido satisfactorios en un porcentaje muy relevante.

Tras las primeras cinco sesiones Jordi se sentía mejor: presentaba un estado de ánimo más optimista y podía dormir unas cuantas horas más, pero aunque se sintiera aliviado, su enfermedad seguía molestándole. Había llegado el momento de enfrentarse a ella y buscar la naturaleza de la carga emocional, tan fuerte y desagradable, que se había grabado en la memoria de su alma, o sea, en el conjunto de sus electrones y/o de sus gérmenes morfogenéticos.

Cuando empezamos a buscar en su pasado a través de regresiones a vidas anteriores, lo primero que salió fue un “recuerdo”, aunque no sea este el término exacto, de una intensa emoción. La palabra “recuerdo” no es apropiada porque es muy distinto “acordarse” de un hecho que “vivirlo”. Uno puede acordarse de la alegría que sintió cuando le regalaron un coche, pero no “vive” otra vez la misma emoción. Vivir una emoción es algo completamente distinto a “acordarse” de ella, por este motivo se dice que el tiempo llega a borrar los recuerdos. Tal sentencia no es del todo cierta, en la medida en que sólo se pierde la “memoria consciente” de las emociones mas esas quedan grabadas en la “memoria inconsciente”, de donde se pueden recuperar intactas a través de la terapia psicobiológica. Esto es lo que justamente le pasó a Jordi cuando empezó a buscar la causa de la “carga emocional” que estaba asociada a la enfermedad de su piel.

Nada más relajarse se trasladó a un jardín en el que se encontraba muy a gusto y que representó el punto de partida de sus búsquedas.

Aquel día cruzó el túnel perforado en una de las rocas que rodeaban su jardín y retrocedió en el tiempo. Me dijo:

- “Tengo catorce años y estoy en el comedor de mi casa. Estoy haciendo los deberes del colegio. Son las tres o las cuatro de la tarde; mi madre y uno de mis hermanos están sentados en el sofá. Entra mi padre que vuelve del trabajo”.

En este punto, Jordi empieza a temblar y a llorar desesperadamente.

Siempre que puedo intento acortar el tiempo de las experiencias dolorosas de mis pacientes, pero en esta ocasión tuve que preguntarle:

- “¿Qué está pasando?”

Jordi me contestó:

-”Lo se”.

No hubo manera de sacarle nada más. Le hago volver a su “jardín” donde se tranquiliza lo suficiente como para reincorpo rarse y suavizar, por lo menos, una parte de la emoción “vivida”. Se levanta del sofá y se sienta delante de mi escritorio. Aquel día fue imposible comentar la sesión porque yo no tenía idea de lo que le había pasado, así que no tuve más remedio que preguntárselo. Necesitaba una “pista” que pudiese orientar las sesiones siguientes. El joven me contó cómo aquel día su padre había comunicado a la familia que la empresa que dirigía había quebrado y que en adelante tendrían que enfrentarse con lo que él llamó: “la pobreza”.

Jordi no se “acordó” conscientemente de su emoción, volvió a “vivirla” con toda la intensidad de aquel mismo día de cuando aún tenía catorce años.

Aquella emoción tan desagradable sufrida entonces, y que acababa de revivir a los veintidós años, había tenido un poderoso efecto de resonancia amplificando otra emoción de la misma clase, pero mucho más antigua. Es decir, había actuado como si a una corriente preexistente se le hubiese superpuesto otra, en concordancia de fase, dando como resultado otra mucho más intensa. Yo estaba convencida que aquella descarga emocional no era suficiente para justificar la enfermedad de su piel, por muy intensa que hubiera resultado. El recuerdo que me había relata¬ do seguía estando muy vivo en su memoria consciente y dudé que aquella sesión pudiera ser útil para empezar a solucionar el problema de manera radical.

A pesar de mis dudas, la piel de Jordi mejoró notablemente y más aún su estado de ánimo. Desde entonces, las sesiones se desarrollaron en un clima de buen humor y de pequeñas bromas. Una vez, mientras estaba relajado, llegó a comentar: “Vaya, esto es muy entretenido. Es mejor que ir al cine”.

Por supuesto, en las vivencias de vidas anteriores las cargas emocionales son menos “aparatosas” y, aunque se “vivan” intensamente, el paciente sabe que pertenecen a acontecimientos pasados que él mismo ha podido superar. De todas maneras, el operador que le “acompaña” nunca deja de hacer hincapié sobre este concepto, provocando un clima distendido y hasta alegre. En una ocasión llegué incluso a decir a Jordi: “Óyeme, nene, no te pongas tan serio. Ya sabes que todo esto pertenece al pasado y que ahora sólo estamos «cotilleando»”.

Aunque las experiencias vividas sean tristes, las notas alegres aligeran el ambiente y evitan que se torne pesado y tétrico. He observado que con esta conducta, sin menospreciar la seriedad del tratamiento, el paciente se encuentra más a gusto, más disponible y menos temeroso de lo que pueda descubrir a cerca de sí mismo.

Así que, en la siguiente sesión, Jordi se fue a una vida pasada en la que se vio a sí mismo con cuerpo de animal: un iguanodón prehistórico (una especie de lagarto) que vivía con un grupo de su misma especie. Me describió su cuerpo y lo que “notaba” en ese cuerpo.

De repente, el grupo se pone nervioso. Le pregunto:

-“¿Y tú?”

-“Tengo miedo. No hay comida y tengo hambre”.

Le invito a que concluya la vida que está experimentando y me dice:

-“Mi cuerpo está echado en el suelo, lo noto cansado; no tengo fuerzas ni para levantarme”.

En el alma de Jordi se había grabado una memoria “ancestral” de una emoción relacionada con la falta de víveres. A lo largo de sucesivas reencarnaciones esa grabación había permanecido allí de forma latente o inconsciente. ¿Podía ser aquella memoria una de las causas de su actual enfermedad?, ¿uno de sus “gérmenes morfogenéticos” que seguía actuando por “resonancia mórfica” sobre su cuerpo? Aún no lo sabía con certeza. De todas maneras, le sugerí que retrocediera en el tiempo y volviese a la misma experiencia, que se detuviese en el momento en que aún tenía comida y le di el “input” para poder cambiar el patrón que seguía guardando en la memoria de su ser. Aquella fue la única sesión en la que Jordi vio y notó que su cuerpo no tenía una forma humana.

Las cuatro regresiones que hicimos en las semanas siguientes, aunque vividas en tiempos históricos, lugares geográficos y con cuerpos de aspecto distinto entre sí, tenían todas una característica común: la lucha por la supervivencia, el miedo que ésta conlleva y la desesperación por el hambre. Jordi había vivido como un centurión romano, como un huérfano encerrado en un convento de monjes, como una niña que había asistido a la matanza de sus padres en un pueblo primitivo y como un hombre de las cavernas. Todas estas experiencias seguían la misma tónica.

El joven, que iba mejorando progresivamente, se encontraba ahora prácticamente bien y de muy buen humor, hasta había vuelto a hacer amistades y a salir para divertirse.

Estaba “casi” bien, porque aunque le quedasen sólo algunas pústulas en los brazos y en los muslos, todavía no había aparecido la “causa” principal desencadenante de la enfermedad.

Los hechos de las vidas “anteriores” que me había relatado iban acompañados por unas descargas emocionales evidentes, pero estaban lejos de tener la misma intensidad de aquélla que afloró en su mente cuando revivió la experiencia sufrida a los catorce años. Aún no habíamos hallado el “germen morfogenético” principal, el verdadero responsable de su enfermedad.

Habían pasado tres meses desde el inicio del tratamiento con una sesión por semana cuando, antes de comenzar la decimoquinta, me contó riéndose que le había ocurrido algo “raro”.

El día anterior estaba tranquilamente escuchando música por la tarde en la penumbra del comedor de su casa, junto a su familia, cuando de repente “vio”, como en un flash, a un hombre de piel negra que se caía rodando por un barranco lleno de espinas. Me dijo: “Estaba despierto, completamente consciente, pero no me asusté. Sólo cuando el negro se cayó en las espinas me estremecí porque noté en mi piel los pinchazos. Ha sido sólo por un instante, pero he notado el dolor.”

Me quedé perpleja porque aunque acabase de proporcionarme una pista importante, mi parte racional no la aceptaba y se empeñaba en rechazarla. No obstante, en aquella sesión decidí seguir la indicación que él me acababa de proporcionar y le propuse: “¿Qué te parece si vamos a ver lo que quería de ti ese señor de piel negra?”.

El joven se relajó y comenzó su relato.

-“Soy negro. Estoy trabajando con los demás en una plantación de algodón; todos somos negros. Me siento muy cansado, mi cuerpo es joven pero es flaco y tengo hambre, tengo mucha hambre”

Describió todos los detalles de su atuendo, de su trabajo, de la cabana de madera donde dormía en el suelo, junto con los de más, y también los de la casa lujosa de los dueños blancos a la que le estaba prohibido acceder.

- “Es de noche, no puedo dormir. Tengo mucha hambre, no puedo soportar más el hambre que tengo. Me levanto y me acerco a la casa de los amos; voy a entrar por una ventana abierta. Estoy en la cocina, hay un pan sobre la mesa, lo cojo.”

Se calla unos instantes y en su rostro se refleja la ansiedad y el miedo.

-“Ha entrado un hombre —continúa—. Tiene un vestido raro: una chaqueta bordada con faldones largos detrás. Empieza a chillarme. Tengo miedo; me escapo, corro, corro”.

Empieza a respirar con dificultad y le digo:

-“Tranquilízate, sabes que todo esto ya lo superaste. Estás en la consulta conmigo, nadie te puede hacer daño ahora. Sigue con el relato, por favor.”

- “Me persiguen, me buscan. Sigo corriendo a través de la plantación. ¡Aaah!”

-“¿Qué pasa?”, le pregunto mientras observo que estaba llorando.

-“¿Qué pasa?”, insisto. Necesito saberlo para poder cambiar el “patrón” de esta vivencia y darle el “input” adecuado para su desarrollo.

-“Tengo miedo, angustia, estoy muy mal. Me he caído, estoy rodando cuesta abajo. Hay espinas, estoy enredado entre ramas con espinas. ¡No puedo salir, no puedo salir! Tengo mucho frío”.

-“Deja aquel cuerpo ahora mismo y vete a la luz”.

-“Es de noche”, me contesta. “No hay luz”.

-“Deja aquel cuerpo y míralo desde arriba”, vuelvo a insistir.

-“He salido. Lo veo. Ya no me duele, no siento nada.”

-“Vete hacia las estrellas”, le sugiero.

Ahora su cara tiene una expresión serena, las muecas que antes alteraban sus facciones han desaparecido. Dejo que el joven se quede un rato tranquilo, la descarga emocional que acaba de vivir ha sido bastante fuerte. De todas maneras hay que “cambiar” el “guión”.

La “memoria olvidada” de un acontecimiento concreto vivido hace más de doscientos años había aflorado al nivel consciente, junto con su tremenda carga emocional. Había que borrarla, pues un patrón desagradable se estaba repitiendo “inconscientemente”.

Han pasado unos cuantos minutos. Le pido que regrese a la misma experiencia y se sitúe en el momento en que está trabajando en la plantación de algodón, antes de entrar en la casa de los amos para comer un trozo de pan.

Me avisa, tras unos instantes, que se encuentra otra vez en el campo de algodón y que está trabajando, con sus pantalones remangados hasta las pantorrillas y su camisa de cuadros.

-“Ahora sabes lo que te va a pasar. Evítalo, puedes hacerlo. Mira a tu alrededor: llega alguien.” Me callo. Acabo de darle el “in-put” para que escoja libremente cómo “cambiar” aquella vivencia y grabe el nuevo patrón en lugar del otro.

Las capacidades creativas de los seres humanos son inmensas y sus recursos, ilimitados. En una situación análoga, un paciente llegó a “modificar” un patrón similar casándose con la hija del dueño del lugar donde estaba sirviendo. Jordi, en cambio, modificó así su “guión”:

-“Estoy trabajando; tengo hambre. Llega un compañero y se me acerca. Viene chillando y bailando, no para de chillar:

¡Somos libres, libres! Ya está prohibido a los blancos tener esclavos! Llega también el hombre con la chaqueta de faldones largos, parece que nos invita a entrar en la casa grande. Hay mucha comida.”

-“¿Qué es lo que estás comiendo?”, le pregunto para cerciorarme que viva con la misma intensidad el cambio que estaba experimentando.

-“Creo... Sí, es pollo, sabe a pollo; también hay maíz. Estoy comiendo pollo y maíz. Me gusta, está rico.”

La expresión de Jordi es de satisfacción y hasta mueve la boca justamente como si estuviese comiendo en la consulta. Le dejo unos cuantos minutos más en relajación para que disfrute a fondo de la nueva “vivencia” y pueda “vivir” intensamente las emociones positivas que le está suministrando. Cuando Jordi se reincorpora, me dice: “Me siento muy aliviado, como si Ellos me hubiesen quitado un peso de encima”.

“Ellos” son los Seres de Luz cuya existencia ha experimentado personal y conscientemente, a veces viéndoles, a veces tocándoles, a lo largo de muchas sesiones. El joven ya no cree en “Ellos”, no le hace falta creer porque “sabe” que existen y que actúan de manera adecuada, aunque lo hagan desde un espacio/tiempo distinto al “normal”.

Vi a Jordi por última vez cuando vino a la consulta en su decimosexta sesión. Su piel tenía buen aspecto y las pocas pústulas que aún quedaban se habían secado por completo. La última sesión fue muy distinta a todas las anteriores: ninguno de los dos podíamos suponer que aquélla iba a ser la sesión que daría por terminado el tratamiento.

Como de costumbre, nada más entrar en relajación, se “va” a su jardín rodeado de árboles y rocas, con una atmósfera perfumada, un cielo azul y un sol resplandeciente en lo alto. Le acompaño a retroceder en el tiempo mientras cruza el túnel y se dirige al punto de luz que indica la salida. Al salir de allí me dice:

-“Es de noche. Soy yo, soy yo como ahora. Estoy encerrado en un bote de cristal hundido en un líquido frío. Tengo frío”.

Me quedo perpleja. Aquel relato parece no tener ningún sentido; no sé dónde quiere ir a parar su Yo Superior. No obstante, digo:

-“Rompe el cristal”.

-“No puedo. Estoy desnudo aquí dentro; el cristal es muy espeso, no tengo fuerzas para romperlo”.

-“Vuelve a tu jardín, por favor, Jordi.”

Decidí sacarle rápidamente de aquella situación incómoda y llevarle a vivir una existencia anterior que estuviese relacionada con su enfermedad.

-“Vale, ya estoy en el jardín”.

Tenía que acompañarle de nuevo a cruzar el túnel porque, aunque lo que acababa de relatarme no me convencía demasiado, tuve como una intuición y le dije:

-“Coge el martillo que está por ahí. ¿Lo ves?”

-“Sí, lo tengo”.

-“Bien. Volvamos atrás en el tiempo: vete al túnel y vuelve a cruzarlo.Te vas a encontrar en el pasado cuando salgas. Deja que las cosas se desarrollen como quieran”.

Nunca sugiero la época a la que el paciente tiene que regresar ni cualquier otra cosa que le pueda condicionar. Considero que él tiene que ser libre para elegir, aunque de forma inconsciente, lo que mejor le convenga puesto que su Yo Superior lo “sabe”. Antes de que se relaje me limito a decirle: segundos oigo un suspiro.

“Vamos a ver dónde está la raíz del problema que te afecta, ¿te parece?” En las regresiones a vidas anteriores no surge un único problema y hay que discernir cuál es el que más urge solucionar. En esta ocasión tampoco tenía la menor idea de lo que podía pasar, sólo le había hecho coger un martillo que a lo mejor no le serviría para nada si Jordi se iba a “otro lugar”.

Vuelve a cruzar el túnel y sale desnudo, con la misma fisonomía que tiene en el presente. De nuevo aparece encerrado en el bote de cristal y tiritando de frío.

-“Rompe el cristal”, le repito.

-“No puedo.”

-“Sí que puedes, tienes un martillo. ¿No?”

-“Cuesta mucho”.

-“Sigue”, le animo. Espero sin intervenir más. Tras unos segundos oigo un suspiro.

-“¡Aaah!, por fin”, dice el joven

- “¿Qué pasa?”

- “Lo he roto. ¡Qué alivio!”

Sin embargo, no estaba convencida de la eficacia de aquella sesión.

- “Vuelve a tu jardín, por favor”.

Cuando me avisa que ha vuelto, le hablo con suavidad y a la vez con firmeza.

- “Jordi, estamos preguntando a tu Yo Superior, a tu Conciencia Superior, que te enseñe lo que queda aún para resolver tu problema, el motivo por el que estás en esta consulta”.

Dejo pasar dos o tres segundos y luego continúo.

- “Vuelve a cruzar el túnel”.

Jordi se dirige hacia él, lo cruza, sale. Le veo muy emocionado.

- “Jordi, ¿qué ves?”.

- “No lo sé, hay mucha luz alrededor”.

Como en sesiones anteriores le digo:

- “Baja hasta notar el suelo con tus pies”.

- “No quiero”, me responde con mucha decisión.

Su cara expresa una emoción muy fuerte e irrumpe en lágrimas. Yo desconocía qué clase de emoción estaba experimentando.

- “Jordi, ¿cómo estás?”. Le interrogo con una tranquilidad mal disimulada.

- “Soy feliz, muy feliz”.

- “¿Quién está contigo?”

- “Hay mucha luz. Hay un Ser con una túnica blanca resplandeciente que ha posado su mano sobre mi cabeza, aquí”. Levanta su mano derecha y me indica dónde está percibiendo la mano del Ser.

- “¿Qué sensación te transmite?”

- “Me siento seguro, tengo seguridad.”

A partir de ese momento se calla y tampoco le pido que continúe hablando. Su cara ha adoptado una expresión estática, sonríe con una dulzura tal que no sé describir. Me acerco un poco más para escudriñar mejor su rostro y veo que las lágrimas corren por sus mejillas. Es tan evidente el estado de felicidad en que se encuentra que decido no interrumpirlo. Nos quedamos en silencio casi veinte minutos. Finalmente, abre los ojos y se reincorpora sin pronunciar palabra. Sus padres y yo le miramos esperando que nos cuente algo de su experiencia. Por fin dice:

- “No os lo puedo describir, no es que no lo quiera hacer, es que no sé. No lo sé expresar. El Ser de Luz me ha puesto una mano sobre la cabeza y me ha dicho: “Ve en paz”. Lo que he sentido es algo indescriptible. Sólo puedo decir que era muy bonito, pero me parece poco decir que era bonito. Es que no lo sé contar.”

Jordi acababa de tener la que algunos místicos de hoy en día llaman “experiencia cósmica” y describen como algo inefable. Puesto que personalmente no he tenido nunca hasta la fecha la suerte de pasar por una experiencia similar, me limito a relatarlo que me ha sido testimoniado. Puedo sólo suponer que se trate de un fenómeno relacionado con una “salida consciente” del espacio/tiempo, determinado por el campo gravitatorio terrestre, para ir a otro “espacio/tiempo” mucho más agradable.

También sospecho, y reconozco que es una hipótesis bastante atrevida, que el “bote de cristal con las paredes espesas” en el que Jordi aparecía desnudo y tiritando de frío es una “imagen” del campo gravitatorio de la Tierra. Lo que sí puedo afirmar con toda seguridad es que Jordi se ha curado por completo a partir de aquella sesión.